sábado, 18 de noviembre de 2017
¡VEN SEÑOR JESÚS!
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- Por: Departamento Pastoral Juvenil
Un texto que nos ayudará a profundizar en la vivencia de este tiempo de preparación de la Navidad.


I. PERFIL HUMANO DE LA ESPERANZA.

1.- El ser humano necesita esperar

     "El hombre es un animal que espera" (P. Laín Entralgo). Porque está vitalmente orientado al futuro, necesita ocuparse de él, vislumbrarlo, prepararlo, "amarrarlo" de alguna manera, incluso defenderse ante él. La esperanza es una planta que no puede faltar en el huerto del corazón humano. "El animal puede seguir caminando a oscuras hacia el muro infranqueable o hacia el abismo. El hombre se resiste a caminar si no presiente una puerta abierta hacia el futuro" (P. Teillard de Chardin). Cuando muere la esperanza, "muere" el ser humano. Está vegetativamente vivo, pero está "muerto".

2.- La fragilidad de la esperanza

     La planta de la esperanza es necesaria y preciosa, pero frágil. Todos conocemos a muchas personas, desengañadas, ancladas en alguna fase de su pasado, al que idealizan y miran nostálgicamente como la mujer de Lot. Hay otras personas que viven absorbidas por las ansiedades y urgencias del presente. Tienden a absolutizar y dramatizar el presente, sin suficiente recuerdo del pasado ni mirada hacia el futuro. Existen también muchos seres humanos que no miran el futuro porque le tienen miedo.
     La esperanza está enferma en aquellos que se atascan en el pasado, viven confinados en el presente o amedrentados ante el futuro. Pero es frágil en todos los humanos. Dos grandes experiencias incuestionables e inevitables son las principales responsables de esta fragilidad. La primera es la experiencia cotidiana de la muerte. La segunda es la experiencia del espesor y la contumacia del mal en el mundo, especialmente en la carne de los inocentes.

3.- Los dos componentes de la esperanza: deseo y confianza

     El primer componente de toda autentica esperanza es el deso de algún bien aún no poseído, el deseo de un futuro mejor. El que espera, desea aquello que espera. El segundo compnente es la confianza. La esperanza no es un deseo desesperado, sino confiado. El que espera, da un voto de confianza a las personas (pueden responder mejor), a la sociedad (puede ser más justa y humana), a la realidad (puede ser más de lo que es), a sí mismo (puedo superarme). Cuando el deseo se cree capaz de todo, degnera en presunción; cuando la confianza es azotada por las dificultades, se retrae, se convirte en desesperación.

4.- Una esperanza abierta

     Un análisis más fino de este deseo confiado que habita el corazón del hombre descubre en él una cualidad realmente decisiva: es insaciable y perpetuamente insatisfecho. Cuando logramos una meta esperada, al poco surge espontáneamente en nosotros una inquietud por una meta más elevada. En realidad, el corazón humano es un ser limitado con un ansia ilimitada. Anhela una plenitud y una dicha total y definitiva. sta desproporción entre su ser limitado y su aspiración ilimitada, este "desajuste", ¿no será signo de una llamada de Dios, portadora de una promesa de plenitud? La esperanza puramente humana se detiene en el umbral de esta pregunta.

II. PERFIL CRISTIANO DE LA ESPERANZA

1.- Dios nos ha prometido un futuro de plenitud

     La ilusión de plenitud que subyace en el corazón humano no es, para el creyente, una quimera. Dios tiene un proyecto de plenitud para el ser humano. Dios nos ha revelado este proyecto y nos ha prometido esta plenitud.

     Las expresiones e imágenes bíblicas tienen un gran contenido evocador: "Estaremos siempre con el Señor" (1ª Tes. 4, 17); participaremos "en la gloriosa liberad de los hijos de Dios" (Rm. 8, 21). "Nada podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Jesús, nuestro Señor" (Rm. 8, 39). Entraremos "en el gozo (la fiesta) del Señor" (Mt. 25, 21).
     Dos características distinguen esta esperanza de otras utopías forjadas por el ingenio y el esfuerzo humano. La primera consiste en que la plenitud prometida será realidad para todas las generaciones. La plenitud ofrecida por la fe cristiana abarca a todas las generaciones de la Historia. La segunda característica estriba en que las utopías humanas conciben esta pelintud como fruto de la capacidad y del empeño del hombre, mientras nuestra fe la contempla como un don de Dios que reclama nuestro reconocimiento y nuestra colaboración.

2.- La esperanza, deseo ardiente del Dios vivo

     Para que una plenitud sea humana, ha de consistir en el encuentro de nuestra persona con otra Persona. El ser humano no se satisface plenamente en su relación con las cosas. La plenitud a la que Dios nos destina es el encuentro personal con Dios. Él es el Futuro del hombre. Recojamos de la Escritura solamente algunos botones de muestra:
  • El salmo 16 (15). El levita exclama: "Tú eres, Señor, mi copa y el lote de mi heredad; mi destino está en tus manos. Me ha tocado un lote delicioso, ¡qué hermosa es mi heredad!" (vv. 5-6). A las demás tribus les ha tocado un lote de tierra; a él le ha tocado el Señor.
  • El salmo 34 (33) encierra un versículo bellísimo (v. 9), que ha conmovido a muchos buscadores de Dios: "Gustad y ved qué bueno es el Señor; cichoso quien se acoge a Él".
  • El salmo 63 (62) se mueve en la órbita de este mismo deseo: "¡Oh Dios!, Tú eres mi Dios, desde el alba te deseo, por ti fesfallezco, como tierra reseca, agostada, sin agua" (v. 2).
     El deseo de Dios, avivado por la perspectiva de la vida eterna junto a Dios, se vuelve en el Nuevo Testamento más apremiante.
  • Rm. 8, 18-30: "Nosotros, los que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, suspirando porque Dios nos haga sus hijos y libere nuestro cuerpo" (v. 23).
  • Flp. 1, 21-26: "deseo la muerte para estar con Cristo, que es, con mucho, lo mejor; por otra (me siento forzado) a seguir viviendo en este mundo (porque) es más necesario para vosotros" (vv. 23-24).
3.- La confianza incondicional en Dios

     Hay deseos que son espejismos, como el que sufre en el desierto el viajero sediento que "ve" un oasis. La esperanza no es así. Es un deseo confiado. Es difícil esperar, pero es necesario. Para una mirada creyente, la salida es eperar confiados en la fidelidad de Dios, que es una de las cualidades de su amor. Dios es Amor Fiel. Esta fidelidad es la garantía divina de nuestra confianza y, por tanto, de nuestra esperanza.
     El retrato que en el Antiguo Testamento Dios nos hace de sí mismo, tiene dos componentes esenciales: la misericordia y la fidelidad. La imagen preferida por la Biblia para evocar la fidelidad, es la Roca. Dios es inmutable en su fidelidad. "Él es la Roca... es un Dios fiel" Dt. 32, 4). "Yo te amo, Yahvé, mi fortaleza, mi salvador, mi roca, mi baluarte, mi liberador, mi Dios" (Sal. 18 (17)).
     Pero la fidelidad de Dios se revela sobre todo, en Jesucristo. A través de esta revelación, Dios no es puramente "el que cumplirá", sino "el que ya ha cumplido" en la vida, en la conducta, en la palabra, en la Muerte, en la Resurreción de Cristo y acabará su cumplimiento. Nuestra esperanza se fund, pues, en la memoria de la fidelidad de Dios, atestiguada insuperable e irrevocablemente en el Acontecimiento Pascual:
  • 2ª Cor. 1, 19-20: "En el Hijo de Dios a quien os anunciamos... todo ha sido un "sí", pues Dios ha cumplido en Él todas sus promesas. Por eso nosotros decimos "Amén" (sí) a Dios por medio de Él".
  • Rom.8, 31-39: "Si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó a su Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo gratuitamente con él?" (v. 32).
  • 2ª Tim. 2, 13: "Si somos infieles (a Jesucristo), Él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo".
     Porque Cristo murió y resucitó, por las venas de la historia corre la savia vital del Resucitado. Nada ni nadie podrá aniquilarla ni apagarla. Es preciso recordar esta verdad de nuestra fe en situaciones de pesimismo personal o colectivo.
     Por la muerte y resurrección del Señor, la verdad, en su debilidad, es más fuerte que la mentira; la libertad, en su fragilidades más vigorosa que la esclavitud; el amor, más duradero que el odio; la alegría, más persistente que la tristeza; la vida, más consistente que la muerte; la gracia, más poderosa que el pecado. ¿Creemos esto?

III. FRUTOS Y REFLEJOS DE LA ESPERANZA CRISTIANA

     La esperanza hace surgir en nosotros una constelación de actitudes emparentadas con ella. Son su fruto y su reflejo práctico. Están expresamente recogidas en la Escritura.

1.- La alegría
  • Rom. 12, 12: "Vivid alegres en la esperanza, pacientes en la tribulación, perseverantes en la oración".
  • Flp. 4, 4-7: "Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. Que todo el mundo os conozca por vuestra bondad. El Señor está cerca. Que nada os angustie; al contrario, en cualquier situación, presentad vuestros deseos a Dios, orando, suplicando y dando gracias. Y la paz de Dios, que supera cualquier razonamiento, guardará vuestro corazones y vuestros pensamientos por medio de Cristo Jesús".
  • Rom. 15, 13: "Que Dios, de quien procede la esperanza llene de alegría y de paz vuestra fe y que el Espíritu Santo, con su fuerza, os colme de esperanza".

2.- La inquietud

     La inquietud (la vigilancia en términos bíblicos) es uno de los nombres de la esperanza en el Nuevo Testamento. A Dios se le espera en estado de vigiliancia. La parábola del criado fiel que espera vigilante, "haciendo lo que debe", en la noche, el momento en que su señor toque a la puerta (Mt. 24, 45-51), es un retrato en positivo. En cambio, la parábola de las jóvenes descuidadas (Mt. 25, 1-13) que "se duermen" sin cuidar el aceite de su lámpara, es el retrato en negativo. Las palabras de Jesús: "Velad porque no sabéis qué día llegatrá vuestro Señor" (Mt. 24, 42), son todo un aviso. Jesús lo repetirá casi con las mismas palabras a los suyos en el Huerto de los Olivos: "Orad, para que podáis hacer frente a la prueba" (Lc. 22, 40-46).

3.- El trabajo transformador y comprometido

     La fe cristiana sostiene inequívocamente que el objeto pleno de nuestra esperanza (la salvación) es don de Dios, no puro logro humano. Pero afirma también con toda claridad que no hemos de esperarlo pasivamente. La parábola de los talentos (Mt. 25, 14-30) nos amonesta seriamente sobre la necesidad de hacer fructificar nuestras posibilidades: "Bien, criado bueno y fiel, como fuiste fiel en cosa de poca entidad, te pondré al frente de mucho. Entra en el gozo de tu Señor" (v. 21). "Criado malvado y perezoso, ... debías haber puesto tu dinero en el banco y al volver yo, habría retirado mi dinero con los intereses" (vv. 26-27)
     La esperanza es dentro de nosotros un dinamismo que nos impulsa a meternos dentro de la historia para activar el fermento renovador depositadoen ella por la Muerte y Resurrección del Señor: "El esperante debe ser operante" (P. Laín Entralgo).

4.- La paciencia

     La esperanza, como virtu cristiana nacida de la Pascua, no es una virtud triunfal, sino cricificada. El Cristo real es el Crucificado-Resucitado. En su profundo comentario a Jn. 20, 19-23, el gran exegeta J. Blank escribe: "Las heridas de Jesús se convierten en su seña de identidad. El Cristo Resucitado y glorificado no ha borrado de su personalidad la historia terrena de sus padecimientos. Está marcada por ello de una vez para siempre, de tal modo que ya no pueden separarse el resucitado y el crucificado. La fe pascual no es, pues, una exaltación ilusoria sobre los padecimientos del mundo. Pero en medio de los padecimientos incomprensibles y absurdos del mundo, esa fe mantiene la esperanza de superar tales penalidades".
  • Rom. 8, 24-25: "Ya estamos salvados, aunque sólo en esperanza. Es claro que la esperanza que se ve no es propiamente esperanza, pues ¿quién espera lo que tiene ante sus ojos? Pero si esperamos lo que no vemos, estamos aguardando con perseverancia", es decir, con paciencia.
  • Hb. 10, 32-37: No perdáis ahora vuestra esperanza, que lleva consigo una gran recompensa. Necesitáis paciencia en el sufrimiento para cumplir la voluntad de Dios y conseguir lo prometido. Porque el que ha de venir, vendrá sin tardanza".

5.- La oración

 
    "El que ora, espera; el que no ora, no espera" (E. Schillebeeckx). En efecto, la oración es también hija de la esperanza. Así lo entiende Jesús, que une el "velad" con el "orad". La oración fortalece al mismo tiempo la confianza; es decir, la entrega confiada a Dios y a su Proyecto sobre nosotros y sobre el mundo. A. Vanhoye, en un comentario sublime de la oración de Jesús en el Huerto (Lc. 22, 34-46), nos dice: "Del noble instinto vital de Jesús brota un grito que se expresa en plegaria: "Padre, si quieres, aleja de mi esta copa de amargura"". Pero la oración de Jesús transforma el grito y la convierte en aceptación confiada: "pero no se haga mi voluntad, sino la tuya"".




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